En América Latina, teníamos varios años de no hablar con tanta constancia y preocupación del fenómeno político del populismo. No obstante, esto ha cambiado desde que la Venezuela de Maduro ha llevado al extremo la mampara de una ilusoria prosperidad que solo a quienes forman parte de la élite gobernante puede convencer y, especialmente, desde que Trump asumió la presidencia estadounidense gracias a una plataforma discursiva basada en el extremismo y la intolerancia.

¿Cómo es posible que dos gobernantes tan aparentemente distintos y en sociedades diametralmente diferentes puedan ser identificados dentro de un mismo estilo político para gobernar? Quizá la respuesta se encuentre precisamente en que no son tan distintos como ellos mismos quisieran hacernos pensar.

Tradicionalmente tendemos a trazar una línea imaginaria donde colocamos en los extremos a los gobiernos que identificamos como más de “izquierda” y más de “derecha” para una sociedad o conjunto de sociedades determinadas y de ahí nos vamos acercando hacia el centro ubicando ejemplos que poco a poco se alejan de los extremos. No obstante, la historia y especialmente la historia política de las naciones no son lineales, sino que presentan ciclos que cada cierto tiempo se logran repetir con bastante semejanza. Es por esto que los extremos se juntan cuando el círculo se cierra y lo que en apariencia nos resultaba opuesto, resulta que tiene más similitudes de las que imaginábamos, una de esas similitudes es precisamente el fenómeno populista.

El populismo es un fenómeno trasversal a las ideologías, los colores políticos y los menores o mayores grados de autoritarismo en una sociedad. Especialmente lo podemos visualizar con mayor claridad cuando se presenta en aquellos gobiernos que identificamos como de extrema izquierda o de extrema derecha, porque sus aparatos discursivos son mucho más obvios y rimbombantes, pero esto no quiere decir que no se presente de maneras menos evidentes en democracias aparentemente inoculadas contra este fenómeno.

Precisamente sobre esta materia, hace unas semanas el escritor y analista cubano Carlos Alberto Montaner, publicaba en varios medios un artículo donde hacía referencia al libro What is populism del profesor de Princeton Jan-Werner Müller y del cual extrajo varias categorías que distinguen a cualquier sociedad populista.

El objetivo de estas líneas no es repetir el artículo de Montaner o a las conclusiones a las que llega el profesor Müller.  Aspiramos eso sí a llamar la atención y generar un poco de reflexión acerca de algunas coincidencias que comienzan a aparecer en la política nacional, a las cuales es necesario ponerles atención.

Comienzo por señalar tres de ellas que me parecen preocupantes.

El Adanismo, o sea la creencia de que la historia de los aciertos comienza con el partido político que triunfó gracias a un discurso y ofrecimientos claramente populistas, inspirados en  las frustraciones de la  gente y en aquello que el pueblo quiere escuchar aunque no pueda hacerse realidad.

Asociado al Adanismo tenemos el exclusivismo o sea, la creencia de que solo el grupo en el poder es el auténtico representante del pueblo, con lo que más temprano que tarde se propicia una sociedad dividida entre nosotros (los buenos) y los otros (los malos).

El tercer componente es el doble discurso a partir del cual  el lenguaje se convierte en un campo de batalla que  imposibilita la negociación y además, constituye el aliado perfecto para justificar todo aquello que se ofreció y no se puede alcanzar.   Este elemento está claramente presente en  partidos que llegan al poder sin experiencia política y mucho menos en el manejo de la Administración Pública.  Baste señalar la famosa frase que algunos recordarán de que “no es lo mismo verla venir que bailar con ella”.

Si usted, al igual que yo, comienza a notar estas características, se dará cuenta de que para el caso costarricense el populismo no es un asunto ni tan ajeno ni tan lejano, es incluso más evidente de lo que podríamos pensar. Y como los fenómenos sociales no suceden de un día para otro, los seductores cantos de sirena que han arrastrado a otros países en la ruta de un populismo indeseable, podrían llegar también a nuestros lares.  Estamos advertidos.

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