La reciente elección de Antonio Álvarez Desanti como candidato presidencial del Partido Liberación Nacional (PLN) para las elecciones del primer domingo de febrero del 2018, constituye el inicio de una nueva etapa de esa agrupación política.

Antes de ese evento, el tránsito de ese partido por los caminos y vericuetos de la política costarricense ha estado marcado por dos etapas claramente definidas, cada una de las cuales abarcó ocho elecciones nacionales y un período  aproximado a los 30 años.

La primera de ellas, comprendida entre las elecciones de 1953 y la de 1982, fue dominada por los llamados “padres fundadores” de ese partido socialdemócrata: José Figueres Ferrer, Francisco Orlich Bolmarcich, Daniel Oduber Quirós y Luis Alberto Monge Álvarez, quienes fueron candidatos presidenciales en dos procesos electorales cada uno y en los que don Pepe ganó en sus dos oportunidades (1953 y 1970), mientras que don Chico (1958 y 1962), don Daniel (1966 y 1974) y don Luis Alberto (1978 y 1982), perdieron su primer intento y alcanzaron el triunfo en el siguiente.

En 1985, se inicia una segunda etapa en la que el PLN presentó las candidaturas de Óscar Arias Sánchez, en dos ocasiones (1986 y 2006), quien al igual que don Pepe triunfa en ambas; de Carlos Manuel Castillo Morales (1990); de José María Figueres Olsen (1994), quien vence; de José Miguel Corrales Bolaños (1998); de Rolando Araya Monge (2002), de Laura Chinchilla Miranda (2010), la que se convierte en la primera mujer en ganar la presidencia de la República, y la de Johnny Araya Monge (2014). Al contrario de lo sucedido en la primera etapa, en esta segunda los candidatos perdedores (Castillo, Corrales y los hermanos Araya) no tuvieron una segunda oportunidad.

Así, se pasó de una etapa con cuatro líderes dominantes a otra con la participación de siete figuras, destacando en esta última la de Óscar Arias, quien logró, veinte años después de su primera presidencia, retomar las riendas del partido y reelegirse para la presidencia de la República.

El pasado 2 de abril, las bases del PLN -que acudieron a las urnas en cantidad superior a la esperada- supieron interpretar con claridad meridiana el mensaje del electorado, explícito en el resultado de las elecciones del 2014, que exige su remozamiento y el apego a los más estrictos parámetros éticos y morales por parte de sus líderes. También manifestaron con su voto su deseo de que el partido cierre una etapa e inicie una tercera que le permita tener vigencia por, al menos, otras tres décadas.

Con madurez, sin dar un salto al vacío, los liberacionistas optaron por una persona de amplia trayectoria política, que ha demostrado su capacidad y su vocación de diálogo, para que conduzca la renovación del partido, para que lidere un necesario relevo generacional, para que abra el espacio a nuevos actores, para que impulse y proyecte una nueva etapa del PLN.

La decisión adoptada por las bases partidarias va en la dirección correcta para que esa agrupación logre reivindicarse ante un electorado más crítico, participativo y exigente y para que pueda continuar dando su aporte en la solución de los problemas y los nuevos retos que el país enfrenta.

Paralelamente a la tarea de sanar las lógicas heridas que una contienda de este tipo deja principalmente en los cuadros dirigentes, de tender puentes para la incorporación de los perdedores con miras a las elecciones de febrero, de unir al partido, es importante que en esta nueva etapa los nuevos liderazgos reaviven la vocación de estudio de los problemas nacionales que caracterizó por mucho años a ese colectivo político, así como las labores de formación política que se desarrollaban con asiduidad, cualidades ambas que, al privilegiar un excesivo electoralismo de sus dirigentes, fueron abandonadas inconvenientemente, ya que dieron paso a la mediocridad y al “canibalismo” interno.

La falta de filtros que garanticen el cumplimiento de elevados parámetros éticos por parte de quienes acceden a posiciones en la estructura partidaria, a puestos de elección popular o a cargos en las diversas instancias del Estado, ha sido un punto discordante con su compromiso y su discurso contra la corrupción y es un tema que el PLN debe atender con prioridad en su pretensión de rescatar el apoyo mayoritario del pueblo costarricense.

Por otra parte, el alejamiento de otrora importantes aliados en las organizaciones sindicales y comunales, el desencanto y posterior desapego de amplios sectores académicos e intelectuales, por yerros atribuibles exclusivamente al propio accionar de ese partido, son aspectos que deben analizarse y corregirse, para retomar agendas y acciones comunes que permitan al PLN rescatar la confianza y el concurso de esos sectores.

La elección de Álvarez Desanti no sólo le endosa la responsabilidad de conducir al PLN a una victoria en las próximas elecciones, sino que también le confiere el liderazgo para sentar las bases, para sembrar la semilla de una nueva etapa en la vida de ese partido, en la que se estimule y facilite el protagonismo de nuevas figuras que le den nuevos aires al más longevo de los partidos  del escenario político nacional.

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